La primera en moverse fue la mujer del rojo. Se deslizó del borde de la mesa de la cocina, un gesto sencillo que rompió el largo estatismo. Sus pies descalzos tocaron el suelo frío. El desplazamiento fue breve, apenas unos pasos que la llevaron al centro del espacio despejado frente al sofá gris.
Después del silencio
El aire quieto.
Ella se arrodilló. Fue un movimiento fluido, sin vacilación. Primero una rodilla, luego la otra, hundiéndose en la suave alfombra. Sus palmas se apoyaron en el suelo, los dedos se abrieron, anclándose. La espalda se arqueó de manera natural, formando una línea suave desde los hombros hasta la cintura. Los colores de su cabello, el violeta y el verde, cayeron hacia delante, ocultando parcialmente su rostro.
Permaneció así, inmóvil de nuevo, pero en una quietud diferente, expectante. La postura era de entrega, de pausa. El reloj de la pared avanzó un minuto.
La otra mujer, la de cabello claro y top verde, observaba desde su sitio cerca del sofá. No hizo ademán de acercarse. Solo miraba la figura arrodillada, el rojo intenso del top contra la piel, el brillo tenue del piercing en su nuca. La luz de la habitación era clara, sin sombras dramáticas, iluminando con igualdad los detalles: el tejido del sofá, el desorden de cojines rojos y naranjas, la superficie metálica del refrigerador.
Nada más sucedió durante ese minuto. Solo la mujer de rojo, transformada en un ángulo agudo en el centro de la habitación, y la otra, observando desde la distancia de unos metros. Un nuevo silencio, cargado de la geometría simple de los cuerpos a la espera.

El tacto del rojo
Minutos antes del tercero, la mujer de rojo se apartó del hombre. Se desplazó sobre las rodillas hacia la mujer del verde claro, que aún estaba a cuatro patas sobre el suelo de la cocina. La mujer de rojo se detuvo detrás de ella.
Su mano izquierda, la del tatuaje en el antebrazo, se posó en la espalda baja de la otra. Fue un gesto firme, no una caricia.
Luego inclinó la cabeza.
Sus labios rozaron la piel allí donde el borde del tanga verde claro se interrumpía. Besó una nalga, luego la otra. El movimiento era lento, deliberado. No había prisa en aquel cuarto de hora.
La mujer de verde claro no se movió. Permaneció en su posición, las palmas apoyadas en el suelo, la espalda recta. Su pelo rubio le caía sobre los hombros, inmóvil.
La mujer de rojo continuó unos instantes. Su pelo multicolor, con esos reflejos púrpuras y verdes, ocultaba en parte su rostro y el lugar que sus labios tocaban.
Después se detuvo. Su mano se quedó un momento más en la espalda de la otra mujer, antes de desprenderse. Se enderezó sobre las rodillas, mirando hacia el hombre de la camiseta blanca que observaba, inmóvil, desde el borde del sofá gris. Un silencio llenó la habitación, solo roto por el tictac de los reloj de pared.
Era el momento justo antes del cambio.

El centro
Él permaneció de pie junto al borde de la mesa de la cocina. Sus gafas reflejaban las luces del techo, dos pequeños rectángulos de blanco que ocultaban sus ojos. Su camiseta blanca era la única prenda clara en la penumbra de la habitación.
La mujer del rojo llegó primero. Se deslizó frente a él, su mano con el tatuaje en el antebrazo se posó en su cintura. Su boca buscó la suya con una certeza que no admitía vacilación. El hombre inclinó la cabeza para recibir el beso, sus manos aún colgando junto al cuerpo, como si no supieran qué hacer.
Entonces, la mujer del verde se unió. Sus largos cabellos rubios barrieron el hombro del hombre mientras se colocaba a su otro lado. Su boca encontró su cuello, luego su mejilla, mientras su mano de uías pálidas se cerraba sobre su brazo. Por un momento, el hombre quedó atrapado entre los dos cuerpos, un punto quieto en medio del movimiento.
- La mujer del rojo deslizó su boca hacia la oreja del hombre.
- La del verde mordisqueó suavemente su labio inferior.
- Una mano con uías verdes se aventuró bajo el borde de su camiseta blanca.
- La mujer del rojo llevó la mano del hombre a su propia cintura, sobre la tela roja de sus bragas.
- Él giró la cabeza lentamente, de un beso al otro.
- La boca de la mujer del verde se cerró sobre la del rojo, rozando la mejilla del hombre en el movimiento.
Fue entonces cuando el equilibrio cambió. La mujer del rojo se arrodilló. Su pelo teñido formó un cerco de violeta y verde alrededor de la cintura del hombre. La del verde lo sostuvo por detrás, sus brazos cruzados sobre su pecho, sus labios en su nuca. El reloj de la pared avanzó un minuto entero.
Lo que sobraba
El hombre se dejó llevar hasta el sofá. Se sentó en el centro, hundido en los cojines grises. Su espalda blanca contra el respaldo.
Las dos mujeres llegaron con él. Se arrodillaron a sus lados, una a cada flanco, como si fuera un trono improvisado. La de rojo apoyó la mejilla en su hombro, su tatuaje visible contra la camiseta blanca. La de verde claro hundió los dedos en su muslo, justo por encima de la rodilla.
Más contenido de este estilo — gozaxxx.com.
Durante un minuto, quizás dos, permanecieron así. Formando un cuadro quieto. Sus bocas buscaban su cuello, sus manos acariciaban su pecho a través del algodón de la camiseta. Él mantuvo las manos sobre sus propios muslos, inmóviles. Sus gafas reflejaban la luz del techo.
Luego, la mujer del top verde claro se movió. Se subió a él, colocó una rodilla a cada lado de sus caderas y se sentó. Su largo pelo rubio le cayó como una cortina sobre los hombros a ambos. Él levantó por fin las manos, que reposaron, apenas, en la curva de su cintura.
La mujer de rojo observó. Desde su lado del sofá, se inclinó hacia adelante. Su boca encontró la espalda de la otra mujer, justo entre los omóplatos, donde la piel asomaba sobre la cinturilla del pantalón verde. Un beso. Luego otro, un rastro que subía por la columna.
La que estaba sentada arqueó la espalda, recibiendo el contacto. Pero no giró la cabeza. Sus ojos estaban fijos en la cara del hombre, a centímetros de la suya. Él sostenía esa mirada. Sus manos no se movían de su cintura.
La de rojo siguió. Sus labios con el pírsing frío recorrieron el hombro, la nuca, la línea de la mandíbula de su amiga. Un recorrido lento, minucioso. Como si dibujara algo sobre ella. Su mano con uñas cortas se posó en la cadera de la mujer de verde, junto a la mano del hombre, sin tocarla.
Así estaban cuando las cosas empezaron a cambiar. La mujer sentada comenzó a mecerse, un balanceo leve, casi imperceptible al principio. Un movimiento que no parecía dirigido a nadie, o quizás a ambos. El hombre cerró los ojos. La mujer de rojo abrió la boca, apoyó los dientes con suavidad en el lóbulo de la oreja que tenía delante, pero fue un gesto que ya no encontró eco. El balanceo se detuvo.
Un silencio llenó el espacio entre los tres cuerpos. No un silencio de antes, cargado, sino uno distinto, más delgado. Como un hilo que se estira y se afina.
La mujer de rojo se apartó. Se recostó contra el brazo del sofá, recogiendo una almohada naranja que apretó contra su estómago. Su mirada ya no estaba en la piel de su amiga, sino en alguna mancha de la pared, junto al reloj. La otra mujer desmontó, se bajó de las piernas del hombre y se acomodó a su lado, pegada a su costado, como si buscara calor. Él dejó caer las manos sobre el sofá, a ambos lados de sus muslos, con las palmas hacia arriba.
De aquel triángulo, algo se había desprendido. Algo que, minutos antes, parecía esencial, ahora yacía entre ellos, tangible e inútil. Como la camiseta blanca que el hombre aún llevaba puesta, o como las palabras que nadie pronunció.
| Al principio |
Al final |
| El hombre ocupaba el centro del sofá. |
El hombre permaneció en el centro, pero hundido. |
| Las mujeres lo flanqueaban de rodillas. |
Las mujeres se sentaron a sus lados, ya sin tocarlo. |
| Su camiseta blanca conservaba sus pliegues. |
La camiseta blanca se arrugó sobre su pecho. |
| Sus manos reposaban sobre sus propios muslos. |
Sus manos quedaron abiertas sobre el tejido gris del sofá. |
| Una almohada naranja yacía abandonada en un extremo. |
La almohada naranja la sostuvo contra sí la mujer de rojo. |
| El espacio entre los tres cuerpos era calor y presión. |
El espacio entre los tres cuerpos se volvió aire quieto. |
Minuto a minuto, la habitación reclamó su indiferencia. El tictac del reloj en la pared de la cocina volvió a ser audible. La luz sobre los muebles de cocina ya no cortaba sombras dramáticas, sino que se aplanaba, se hacía doméstica. Lo que había sido un camino de tres se bifurcó sin ruido. Dos ramas se encontraron, la tercera quedó a un lado, observando el punto donde el sendero se perdió. Nadie miró atrás.
Su boca
Después, la mujer del verde se inclinó hacia la mujer del rojo. Sus cabellos claros barrieron el aire antes de que sus bocas se encontraran. Un beso lento, que no parecía buscar nada más que el contacto. La piel de la una contra la piel de la otra.
Sin prisa
Fue un cambio de ritmo. No había urgencia en sus movimientos, solo la lentitud de un gesto sabido. La mujer del rojo mantuvo las manos en la cintura de la otra, sus dedos con anillos sobre el tejido verde pálido. El hombre observaba, quieto, su espalda apoyada contra el respaldo del sofá.
Ellas se separaron un instante. Solo para volver a juntarse.
El giro
Luego, la mujer del verde se desprendió suavemente. Sin una palabra que nadie pudiera oír, se colocó de rodillas sobre la alfombra, ante el sofá. Apoyó las palmas de las manos en el suelo, arqueando la espalda. Los tirantes verdes de su ropa interior se tensaron.
La mujer del rojo no dudó. Bajó del sofá y se arrodilló detrás de su compañera. Inclinó la cabeza y apoyó los labios en la piel desnuda de los glúteos. Allí se quedó, inmóvil, como sellando de nuevo un lugar que ya le pertenecía. Las manecillas del reloj seguían su camino en la pared.
Después del temblor
La mujer del pelo teñido permaneció en el suelo un instante más, sus rodillas marcadas por el contacto con la alfombra. Luego, se levantó con un solo movimiento fluido y caminó hacia el sofá gris. Su cuerpo parecía más pesado que antes, un peso que no estaba allí al principio. Se dejó caer de lado sobre el cojín, y su brazo, con los tatuajes ahora pálidos por el cansancio, cayó sobre el vacío, rozando el suelo. Giró la cabeza hacia el respaldo, y un mechón verde y violeta se le pegó a la sien.
La otra mujer la observó. Permaneció de pie junto a la mesa de la cocina, respirando con calma. Sus largos cabellos claros brillaban bajo la luz. Cruzó la habitación y se sentó en el borde del sofá, cerca de las piernas de su compañera. No la tocó.
En la pared, las manecillas de los reloj avanzaron un minuto. El silencio ya no era una pausa, sino un estado.
Ella deslizó la mano y acomodó una de las almohadas rojas que había quedado desplazada. Su dedo rozó, solo por un segundo, la piel de la pantorrilla de la mujer acostada. Un contacto que no buscaba nada, solo comprobar la textura de la realidad.
Él ya no estaba. La habitación había vuelto a ser de ellas dos. El aire se asentó, llevándose consigo el último eco del movimiento. Lo único que quedaba era la quietud de los cuerpos y el gris del sofá, testigo mudo de cómo termina una cosa y empieza otra, que es, casi siempre, el silencio.